En el Día Mundial de los Océanos, la cancelación de megaproyectos abre una discusión más amplia sobre las amenazas que enfrentan los ecosistemas marinos. La pesca industrial, la acuacultura y los sistemas alimentarios también están acelerando el deterioro de la biodiversidad oceánica.
Hace unas semanas, la cancelación del megaproyecto Perfect Day en Mahahual representó una importante victoria ambiental. Pero en este Día Mundial de los Océanos conviene recordar que las amenazas a los ecosistemas marinos van más allá de los grandes desarrollos turísticos e industriales.
Si queremos proteger realmente el océano, necesitamos ampliar la conversación sobre las actividades que lo impactan todos los días.
El verdadero reto es discutir qué modelo de desarrollo queremos para las costas y cómo actividades profundamente normalizadas, como la pesca industrial, la acuacultura intensiva y ciertos modelos de producción alimentaria, también generan una enorme presión sobre arrecifes y biodiversidad marina.
La indignación frente a proyectos que amenazan ecosistemas marinos en Mahahual y otros territorios del país no es casualidad. Cada vez más personas entendemos que destruir manglares, arrecifes y costas no es desarrollo, es poner en riesgo el futuro de los océanos, sus especies, de las comunidades que dependen de ellos y de nuestra propia supervivencia.
Y esa indignación importa. Mucho.
Sentir rabia frente a la imposición de puertos de cruceros o complejos turísticos masivos es válido y necesario. Pero para que esta defensa sea realmente efectiva, necesitamos mirar el problema de forma integral. Si queremos proteger el océano, también tenemos que hablar irremediablemente de nuestros sistemas alimentarios.
La ciencia es clara al respecto. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) advierte que, con un calentamiento global de 2°C, hasta el 99 % de los arrecifes coralinos tropicales podrían desaparecer. Al mismo tiempo, los sistemas alimentarios generan alrededor de una tercera parte de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, y la producción animal concentra una parte importante de ellas.
A esto se suma la contaminación derivada de la ganadería industrial y de la agricultura intensiva. Sus desechos escurren por ríos y cuencas hasta llegar al mar, reduciendo el oxígeno del agua y creando enormes “zonas muertas” donde la vida marina simplemente no puede sostenerse.
Y luego está la pesca industrial. Cuando una red de arrastre raspa el fondo marino para llevar pescados y mariscos a nuestras mesas, no solo destruye ecosistemas milenarios: también libera grandes cantidades de carbono almacenado en el lecho oceánico. Un estudio publicado en Nature estimó que esta actividad puede generar emisiones comparables a las de toda la industria de la aviación.
Por si fuera poco, las redes abandonadas por esta industria constituyen uno de los residuos plásticos más letales para la fauna marina, muy por encima de objetos como popotes o bolsas de supermercado. Y por cada kilo de especies comerciales que llega a los mercados, toneladas de capturas incidentales, como tortugas, tiburones, rayas y delfines, mueren como daño colateral en los barcos pesqueros.
Detener megaproyectos que amenazan ecosistemas irremplazables es urgente y necesario. Pero mantener intacto un modelo de consumo profundamente dependiente de la producción intensiva de carne, lácteos, huevo y productos del mar significa ignorar una de las principales causas de la crisis climática y ambiental. Es ganar una batalla mientras el deterioro continúa por otras vías.
Transformar la forma en que producimos y consumimos alimentos es inaplazable.
Reducir significativamente la dependencia de productos de origen animal y avanzar hacia patrones alimentarios basados en legumbres, frutas, verduras, granos y semillas representa, de acuerdo con la evidencia científica, una de las herramientas más poderosas para mitigar simultáneamente la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas marinos.
Porque proteger el océano no termina en la playa. Empieza también en nuestros platos.
Texto publicado originalmente en Animal Político