La milpa es mucho más que maíz: es un sistema agrícola que combina biodiversidad, alimentación sostenible y resiliencia climática. En el Día de la Gastronomía Sostenible, vale la pena reconocer su potencial para alimentar el futuro de México.
En medio de la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y el deterioro de los sistemas alimentarios, el mundo busca respuestas para producir alimentos de forma más sostenible. Gobiernos, empresas y organismos internacionales discuten cómo alimentar a una población creciente sin seguir destruyendo los ecosistemas de los que depende nuestra propia supervivencia.
Paradójicamente, una parte de esa respuesta podría estar creciendo desde hace siglos en los campos mexicanos. Aunque cada vez más comunidades, organizaciones, investigadores y cocinas están recuperando el valor de la milpa, este sistema productivo aún no ocupa el lugar central que debería tener en las conversaciones sobre el futuro de la alimentación de nuestro país.
En el marco del Día de la Gastronomía Sostenible, celebrado cada 18 de junio por Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, vale la pena volver la mirada hacia este sistema agrícola que no solo forma parte de nuestra identidad cultural, sino que también ofrece lecciones valiosas para enfrentar algunos de los mayores desafíos ambientales, alimentarios y de salud pública de nuestro tiempo.
Cuando hablamos de gastronomía sostenible solemos pensar en ingredientes de temporada, mercados locales o reducción de desperdicios. Pero la sostenibilidad alimentaria va mucho más allá. Para ser verdaderamente sostenible, una alimentación debe tener un bajo impacto ambiental, ser nutritiva, accesible, asequible y culturalmente adecuada. Debe permitir que las generaciones actuales se alimenten adecuadamente sin comprometer la capacidad de las futuras para hacer lo mismo.
La buena noticia es que México no necesita inventar este modelo desde cero.
La milpa suele reducirse al maíz, pero en realidad es mucho más que eso. Es un sistema agrícola donde conviven frijoles, calabazas, chiles, quelites, habas y decenas de especies que se complementan entre sí. Lo que hoy llamaríamos una solución basada en la naturaleza ha existido en nuestro territorio durante siglos.
Durante generaciones, la milpa ha constituido una forma de alimentación diversa, accesible y profundamente conectada con el entorno. No solo produce alimentos, también genera conocimientos e identidad cultural. Hoy, frente a la crisis climática y alimentaria, ese conocimiento cobra una nueva relevancia.
Los alimentos que produce la milpa tienen una huella ambiental considerablemente menor que muchos productos de origen animal o ultraprocesados que dominan los entornos alimentarios contemporáneos, impulsados por la industria. Al mismo tiempo, aportan proteína vegetal, fibra, vitaminas y minerales fundamentales para una alimentación saludable.
Recuperar la milpa no significa volver al pasado ni renunciar a la innovación. Es reconocer que muchos de los conocimientos que necesitamos para enfrentar la crisis climática y alimentaria ya existen. Significa valorar sistemas que fortalecen comunidades, conservan biodiversidad, promueven la salud y refuerzan nuestra identidad alimentaria.
La milpa no es una reliquia del pasado. Es una de las herramientas más valiosas que México tiene para construir un futuro alimentario más saludable, resiliente y sostenible.
Extracto de columna publicada originalmente en Animal Político